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terça-feira, dezembro 30, 2008

ALQUIMIA




De APROXIMAÇÕES A EUGÉNIO DE ANDRADE


Retrato: Álvaro Siza, 1995, tinta da china
Poema: Teresa Balté, 1999 - Alquimia (para o Eugénio)




Criam as mãos os frutos e recolhem-nos -
Pousam na terra o ovo da ternura
Regam com riso e chuva e sol e lua
Com a paixão aquecem iluminam

Irradiante o caule rasga o perímetro
Abre-se em asa tinge-se de esperança
Revela então o coração da planta
Na flor da aliança o arco-lírio

E fecunda-se o rubro em ouro de alma
Em pomo em pedra em obra em plenitude
Da semente onde o tempo se confunde
E ternamente rola e ruge e canta -

Criam as mãos os frutos e deslumbram-se
Vertendo noutras mãos o rio de chama

domingo, novembro 30, 2008

PESCA ARTESANAL EM PEBANE




E navegando... a esta excelência humildemente dedico:


Há ondas vadias superadas
Pelo marinhar do pescador
E há inquietudes naufragadas
Nesses momentos de fulgor


César Brandão, 27.02.2006

quinta-feira, outubro 09, 2008

MEMORIAL DE QUELIMANE: V - Renascer

Sabes... sempre te impuseste como cidade do coração e cada vez mais percorro o tempo procurando rever-te. Acredita que nem sempre é fácil o exercício. Se, sorrateiramente, a memória abusa em atraiçoar-me, também tu primas em confundir-me com diversos frutos das gestações suportadas.
Seja como for, sossega: - a afeição que, quão hábil como descarada, foste pródiga a incutir-me continua a ser fogo resistente onde todas as nossas cumplicidades mergulham, crepitando em chama viva.

Quero então segredar-te que hoje a picadela foi forte... ou não fosses também a rainha dos mosquitos!
Na verdade, deambulando pelo jardim da Câmara, de frontaria tão genuína que teima em surpreender todos, mesmo as exóticas araucárias já vocacionadas a acentuarem a inclinação, quais sentinelas rendidas, imagina que o olhar fugiu para a esquerda e zás... senti-me nos verdes anos ao captar a escola que lá permanece em solitária sobrevivência e, a ajuizar pelas crónicas, agora à mercê da devassa e da incúria.


Apesar da curta permanência, confesso que também não a enobreci devidamente face ao mérito evidenciado, admitindo mesmo que lhe terei causado algum constrangimento. É certo que aos 6 anos a ninguém se exige proezas de vulto mas, diacho... ela merecia bem mais que um gatafunhado abecedário ou uma contagem embaraçada que invariavelmente emudecia logo que citados os números dos brinquedos.
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terça-feira, setembro 30, 2008

SETE POEMAS PARA CARLOS PAREDES

  • É noite. Uma guitarra
    acende a Vida e seus segredos.


Ouvi um choro. Assim como quem parte
e fica, partindo-se em nós,
crescer no ar, incendiado
e suave como pássaro, voando.

Ouvi-o pela noite, em clarões
que ferem o momento:
Gritos; dedos; alma...
A luz em sofrimento.

Uma guitarra ouvia-se no pranto.



  • É dia. Uma guitarra
    dorme sobre cinzas...

domingo, agosto 31, 2008

INQUIETUDE

Quadro: - obra de aluna finalista do curso de Artes Plásticas - Pintura e Intermédia

*
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quarta-feira, julho 30, 2008

VOLTA A MOÇAMBIQUE EM 45 DIAS - 1ª Parte

Jorge, Lena e Charlotte, três voluntários a trabalhar em Maputo, partem durante 45 dias à descoberta de Moçambique.
Este vídeo reproduz a aventura até à Ilha de Moçambique, oferecendo assim a passagem dos jovens por terras da Zambézia.
A travessia do rio Zambeze encontra-se documentada, possibilitando observar as obras em curso da futura ponte.

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segunda-feira, junho 30, 2008

TAMBIÉN LOS ANIMALES SE REBELAN

También los animales se rebelan

*
Agustín García


  • No se sueña cuando se caza, sino que se vive lo soñado.
En una habitación del hotel Flamingo en Quelimane (Mozambique) me encontraba analizando mis recuerdos de la última cacería, eran las primeras horas del alba y con los brazos cruzados por detrás de mi cabeza remoloneaba en la cama.

En la cacería había participado mi amigo Paco, que había venido expresamente desde España para intentar el abate de un elefante problemático, que andaba destruyendo los cultivos en Bajone, pequeña localidad situada al borde del mar y dentro del distrito de Maganja da Costa provincia de Zambecia.

El trabajo no había sido complicado, en el lance final la tensión alcanzo el clímax.

Todo empezó cuando las Autoridades Provinciales se pusieron en contacto conmigo hacia 20 días, solicitándome una actuación en este pueblecito, a lo que respondí afirmativamente y prepare todo lo necesario.

Paco me había comentado desde el año pasado, que le apetecería mucho volver a Mozambique y cazar conmigo. Una charla en un bar de Madrid, fue suficiente para animarle a participar ilusionado en la expedición. Nosotros ya nos conocíamos desde Camerún, hacia cuatro años, donde nos hicimos buenos amigos y logramos abatir su primer elefante. Un año después nos volvimos a encontrar cazando en Luabo (Zambecia – Mozambique) donde llego acompañado de uno de los dueños y yo realizaba un safari de elefante con mi amigo Javier. Septiembre del 2004.

El dos de febrero del 2007 estábamos en Quelimane, saliendo con las autorizaciones en el bolsillo. Nuestro transporte, un coche Nissan de 5 plazas todo terreno con caja abierta, cargado con todo el material necesario de camping, comida y bebida para 10 días, que le daba un aspecto de caracol. Nos acompañaban mi gente de confianza en Mozambique: Julio mi hombre de campo, chofer y hombre para todo; Sebastián, logista - conductor; y nuestra querida cocinera Doña Gracinda.

A nuestra llegada a Maganja da Costa la Delegación de Agricultura nos incorporó un fiscal a nuestro grupo.

Tras reabastecernos de combustible y hacer las ultimas compras continuamos viaje, dirigiéndonos a Bajone, donde a nuestra llegada fuimos recibidos por el Jefe de Puesto, a pesar de encontrarse mal de salud, con una bronquitis que no le permitía casi hablar. Verificó nuestras credenciales y nos presento a su secretario, un negrito bajito y regordete, que nos acompañó al lugar donde tenían decidido que acampáramos. Era la escuela, que rodeada de una cerca, nos permitía una cierta independencia y alguna comodidad, disponiendo de agua potable y cuartos de baño. En este lugar nos presentaron al Regulo, autoridad local que nos puso al corriente de la situación actual y al Jefe de la policía que nos agrego otro miembro mas a nuestra expedición, su ayudante.

Durante las diferentes presentaciones nuestro grupo puso manos a la obra en la instalación del campamento, que se componía de cuatro tiendas, dos para nosotros, una para la cocinera y otra para los elementos masculinos, también se construyó con material local un almacén y cocina, la energía eléctrica nos la daría un generador.

Antes de que se acabara la instalación, Paco, Julio, el fiscal y yo, acompañados del Reglo nos dirigimos, con nuestro coche al lugar donde se suponía andaban los elefantes. Nos esperaban un grupo de campesinos que nos ofrecieron como presente algunos alimentos y nos instaron a hacer su ceremonia, ellos necesitaban comunicarse con sus ancestros, pidiéndoles nos ayudaran a eliminar a su enemigo. Así lo hicimos. Fue corta, varios ancianos se arrodillaron en un árbol (para ellos sagrado) presidiendo la ceremonia y el resto nos situamos detrás, como ofrenda utilizaron harina, que fueron esparciendo en el suelo mientras pedían en voz alta a sus espíritus que bloquearan a los animales y nos facilitaran su caza. Acabada ésta, cada uno de ellos tocó nuestras armas y nos estrechó las manos. Estaba hecho y con todas las bendiciones a nuestro favor. Ya podíamos entrar en su tierra.

Como si la ceremonia hubiera surtido efecto, en 30 minutos ya los habíamos encontrado. La aproximación fue con buen viento, solo que… ¡mierda!, topé con un nido de avispas que me dejó el pecho un poco dolorido. Los animales estaban en una planicie de hierba, alta hasta la cintura, donde los estuvimos viendo y fotografiando con tranquilidad. Solo era una pareja y el macho no tendría unos colmillos superiores a 40 centímetros. Transcurrida una hora sin que ningún otro apareciera, nos miramos un poco desilusionados. Comentamos que seria mejor regresar e informarnos si existían otros grupos. Cuatrocientos metros mas atrás nos encontramos con nuestros guías, (solo los MUSUNGUS, “extranjeros” locos se atrevían a acercarse a los animales). Sentados nos miraban con cara de sorpresa, sin dar crédito a que no hubiéramos acabado con sus enemigos, uno pregunto “¿Qué ha pasado?”, nuestra respuesta, con una sonrisa en los labios, “eran pequeños”. Como si de una ola se tratara, fueron mirándose unos a otros, hasta acabar clavando sus ojos en nosotros… otro se atrevió a preguntar “¿y ahora que?”. Sin darles ninguna respuesta comenzamos a caminar en dirección al coche. A nuestra llegada, donde se había quedado el Reglo, realizamos un contubernio con las autoridades y los autóctonos que nos habían acompañado. Nosotros comenzamos pidiéndoles que se informaran por las aldeas próximas por si existían otros y principalmente “si había mas grandes”. Ellos se echaban las manos a la cabeza y nos aseguraban que no había más y que esos “eran los dañinos”. Yo no les quería creer y les forcé a salir en tres grupos para recoger mas datos, medio a regañadientes aceptaron, principalmente por la presión del Reglo. Quedamos en encontrarnos a su vuelta, por la noche.

Al regresar a la escuela nuestro campamento ya estaba listo y la ducha templada.

La cena nos sirvió para comentar nuestras posibilidades, ¿seria verdad que solo eran esos dos?

En los postres estábamos, cuando nos toco vivir la anécdota de la noche. Vimos llegar a nuestras autoridades, policía y fiscal de agricultura, borrachos como una cuba. Traían a un individuo que, según nos comentaron, habían arrestado en el portón de entrada al recinto de la escuela. El pobre venía preso por su mano, que era retorcida por el policía, produciéndole al chaval contoneos y gritos de dolor. Nosotros miramos la escena perplejos y sin comprender, hasta que ellos balbuceando nos explicaron que otros, que estaban con el, habían salido corriendo, motivo suficiente para sospechar y detenerlo. Querían el coche para llevarlo a la comisaría. Nosotros viendo la escena y comprendiendo que era un alumno, les dimos excusas, alegando que no teníamos mucho combustible y que seria mejor que se presentara, al día siguiente, al Director. Ellos intentaban disimular su estado y justificarse con el arresto. Al final lo soltaron, eso sí, teniendo la precaución de apuntar su nombre en una etiqueta de agua mineral que recogieron del suelo. Acabada la escena, nos dieron las buenas noches y se retiraron a trompicones a su tienda. Nuestro amigo el fiscal no consiguió entrar y se quedo dormido en la puerta.

No llegó nadie más para sacarnos de nuestras dudas, por lo que nos fuimos a dormir, siendo los nervios malos compañeros para conciliar el sueño.

A las 5 del día siguiente ya estábamos levantados, sin que de nuestras patrullas supiéramos nada. El desayuno se coaligó con un precioso amanecer, que tiñó de rojo los palmerales que nos rodeaban, estos existen desde tiempo colonial y siguen siendo la primera economía del lugar, “copra o mas mejor dicho aceite de coco”, que sin tener el valor de antaño, sigue siendo una pequeña fuente de ingresos para la población local, que aparte de esto, viven de una economía de subsistencia: unos como pescadores artesanales y otros como agricultores de cultivos de mandioca, cacahuete, maíz y/o caña de azúcar.

Después de desayunar, el “trío loco”, Paco, Julio y yo, salimos con nuestro coche al encuentro del Reglo, no era lejos, a escasos 8 Km. de pista mojada, entre huertas y palmerales. Al llegar ya nos estaban esperando. Nuestros peores augurios se confirmaban, todos los presentes tenían una opinión unánime, “No existían más elementos que los que habíamos visto el día anterior”.

Siempre, como en casos similares, me quedaba la duda, pero habíamos venido a solucionar un problema y sin ser nuestro sueño de caza, no nos quedaba otra opción.

La imagen que me viene a la cabeza es la mirada de súplica de las mujeres, hartas del sufrimiento, de ver destruidos sus campos y el recuerdo de las palabras de los viejos, “por favor, acaben con nuestro calvario”. El director de la escuela nos había contado, la noche anterior, que muchos agricultores habían abandonado sus campos, por los constantes ataques y perdidas de sus cosechas. Estos comentarios y las suplicas de la población nos dieron las fuerza necesarias para intentar cazar a uno de los paquidermos.

Salimos en nuestro coche por un camino de bicicleta, que en su día debía haber sido una pista. Íbamos acompañados por 8 lugareños que nos servirían de guías. Recorrimos unos 6 kilómetros y unas huellas en el camino nos hicieron parar, “eran de la noche anterior”, por lo que decidimos repartir fuerzas, unos seguirían la huella y otros irían al otro lado de la pista, por si mas adelante hubieran atravesado. Nosotros decidimos preparar nuestras armas, mi express 470 para Paco y un 375 prestado por Roberto de Agricultura para mi. Mientras tanto, Julio revisaba nuestros víveres y reserva de agua mineral.

El tiempo fue pasando y nosotros empezamos a adormilarnos en el asiento del coche, nos faltaban horas de sueño. Pasados unos 40 minutos escuchamos unos golpes graves de pasos a la carrera, era extraño como retumbaban, yo no tuve claro si era un animal o un humano, hasta que saliendo de la espesura, vimos a uno de nuestros pisteros que sudoroso llegaba a nuestro encuentro, “están ahí” frase que despertó todos nuestros genes de cazador. Sin mas dilación comenzamos su persecución que no costo mucho, pues tras 20 minutos y en una zona cerrada de la floresta escuchamos chasquidos de ramas, signo inequívoco de su proximidad. El viento no era favorable, lo que nos obligó a dar un rodeo por nuestra izquierda. No andaríamos mas de 500 metros y enfrentándonos al viento, intentamos lentamente y agudizando nuestros oídos, la aproximación. El lugar era de frondoso follaje, tras un minuto de lenta marcha, divisamos a 100 metros parte de la cabeza de uno de ellos.

El tramo final empezaba, “momento de adrenalina a tope”, por el que un cazador es capaz de abandonar su mundo, viajar a miles de kilómetros, pasar todo tipo de calamidades, pero por el cual, aun siendo segundos, no cambiaria por meses o años de su vida cotidiana.

Con paso lento, intentando hacer el mínimo ruido posible, llegamos a unos 12 metros del animal, no teníamos una visión clara y nos faltaba su compañera. Me agaché para intentar ver entre la espesura las patas de los animales, Paco se situó a mi derecha y Julio detrás de mi. Los seguros estaban quitados y Paco ya tenia buena visión del animal, se desplazaba perpendicularmente hacia nuestra derecha, solo que aun, nos faltaba uno.

No fuimos nosotros los primeros en localizarlo, sino que ella nos oyó o nos sintió antes.

Escuchando un ruido de monte roto a mi izquierda, apunté y de sopetón, me encontré con la cabeza de la hembra, que se paraba a escasos cuatro metros y como frontera, dos setos. Sin quitarle la cara, no sé cuanto tiempo pasó, seguro que décimas de segundo, aunque a mi, me pareció una eternidad. Ya no tenía al macho en mi campo de visión y recuerdo haberle preguntado a Paco, en voz baja, sí tenía apuntado al otro elefante, su respuesta fue afirmativa, preguntándome a su vez “¿le disparo?”…“cuando lo tengas a tiro” fue mi respuesta. Claro está, todo esto, sin quitarle la vista a mi punto de mira, que no dejaba de apuntar entre los ojos de aquella cabeza, cercana e inmensa, “LA HEMBRA”. Pocos instantes después restalló un tiro, mi dedo se tensó un poco más, si aun cabía. Mi vecina respingo para atrás y girándose a su derecha, desapareció en la espesura.

Sin más dilación volví toda mi atención hacia el macho, encontrándome un bulto que pataleaba tumbado. Sin buena visión, dispare dos veces a su masa, tiempo que aprovechó Paco para cargar de nuevo el express. Enseguida nos abalanzamos hacia el animal, con los mil sentidos tensos y nuestro rabillo del ojo en la floresta, no fuera que la hembra, ganando coraje, volviera. El macho estaba de espaldas, sentado de atrás y arrodillado sobre sus manos, haciendo esfuerzos por levantarse, Paco con un tiro certero en la nuca, acabó con sus esperanzas y apagó su vida.

No sé cómo sería mi rostro, el de mi amigo… rebosaba euforia y tensión, “que pasada”, “que bien”, “que bonito”.

Fue un apretón de manos y un abrazo, la forma de exteriorizar nuestra alegría.

Ahora en la cama de mi habitación del Hotel, revivo una y otra vez aquellos segundos que me llenan de euforia, de orgullo hacia mis compañeros y recuerdo aun nuestra exaltación después del lance y que hasta pasados mas de 15 minutos, no fuimos capaces de despegarnos de nuestras armas, atentos a la espesura… Aquellos ojos tan cercanos no volvieron, solo quedó la exaltación de las masas, danzas, fiesta, lloros de alegría y lo que mas recuerdo de ello, las manos cansadas de las ancianas, que dentro de su miseria nos ofrecían arrodilladas, sus alimentos en signo de agradecimiento y aquellas otras incrédulas, que nos tocaban para constatar si éramos o no… humanos.

Y seguía viendo aquellos ojos parándose a escasos metros de mí.

Y sigo viendo nuestra reacción animal, parados plantando cara y apuntando. Actitud de defensa o acecho de muchas especies, que nos hace mimetizarnos con la naturaleza y crea miedo y duda en nuestra presa. Fue nuestra firmeza y quietud la que paro al animal, sin dejarle tomar conciencia y si curiosidad, de lo que éramos.

Ella lo averiguó y salvo su vida. Su pareja fue nuestro trofeo. Trofeo en nuestro recuerdo, dado que los colmillos no superaban los 40 centímetros y preferimos cederlos para la Administración.

A las 7 de la mañana, ya cansado de estar tumbado, me levante sin saber que esta historia, iba a ser el preámbulo de otra nueva aventura.

Baje a desayunar esperando que lo hiciera mi compañero. Paco iba a intentar adelantar su billete de avión de regreso para España. Pasados unos minutos, recibí la llamada de mi amigo Roberto, “epa Agostinho temos um problema”, yo pensé “¿que hemos hecho?”, pero le dije “¿que problema Roberto?”. Su respuesta me dejo sin habla. “Me ligaron de Maganlha da Costa com informaçao de que umos elefantes estam a facer porquerias… mataron cuatro persoas, eram dois animaes, umo fue embora e outro esta la”. En segundos me asaltó la duda, ¿sería nuestra amiga tomándose la justicia por su mano?, pero continué a la escucha. “Agostinho, o Governador pidió que foramos urgentemente la”, yo conteste “no temos carro”, el dijo “ é um caso de força maior e nos temos carro”, “Pronto Roberto, falo com Paco e te ligo agora, fica a preparar todo”. La realidad es que solo disponíamos de tres días… había que intentarlo.

Roberto es el Jefe Provincial de Fauna de Zambecia, mulato orgulloso de sus orígenes. Es uno de los pocos veterinarios que logró hacer sus estudios en Mozambique, pasó por el profesorado y hace tres años, mas o menos cuando le conocí, entró a formar parte de la Delegación Provincial de Agricultura, persona tremendamente activa, que contrasta con el carácter africano y que encajaría mas en nuestra sociedad que en su país. Desde el principio establecimos una buena amistad, su formalidad, su rapidez trabajando y su carácter resolutivo, me dieron la fuerza para trabajar en esta provincia de Zambecia.

Subí las escaleras y llamé a la puerta de mi amigo, enseguida me abrió, ya estaba duchado y listo para desayunar. En la mesa le fui poniendo al corriente y su cara fue pasando de la alegría a la tragedia, sin pensarlo dos veces, me dijo, “tenemos que ir”.

El viaje a Maganja fue rápido, en un Toyota Land Cruiser con caja abierta de Agricultura y pasadas cuatro horas, todo nuestro grupo mas Roberto y su chofer Ismael, nos encontrábamos con el Director Distrital de Agricultura, quien nos estaba esperando y nos puso al corriente de la situación. Un bocadillo nos dio un poco de fuerzas para continuar nuestro viaje. Cuarenta minutos mas tarde ya estábamos en la zona. Allí fuimos recibidos como salvadores y sin más demora y con todos nuestros pertrechos, salimos en dirección al lugar, donde nos confirmaban, estaba el animal.

La zona estaba a escasos 30 kilómetros de la playa, densamente poblada y donde su gente era afable y de mayoría musulmana, con una economía de subsistencia. Sin energía eléctrica y con escasos pozos de agua potable, vivían principalmente de la agricultura y la pesca, su error: el mismo que en todo Mozambique, vivir separados, cada familia al pie de su huerta, que dificultaba mucho la tarea del Gobierno para dar atención medica y escolarización.

En nuestra marcha a pie, llegamos al borde de un lago o para ser mas exactos, al borde de una basta zona anegada por un rió, era época de lluvias y los pescadores nos afirmaron que allí dentro, se encontraba el elefante. ¿Cómo llegar? Había diferentes canoas hechas de troncos de árboles vaciados, pero todas eran pequeñas, de dos plazas y para personas con un buen sentido del equilibrio. Nos dijeron que había una grande y que podían ir a buscarla.

Preparamos la estrategia, el animal se encontraba en medio del pantanal, en una pequeña zona boscosa, un grupo de canoas arrancaría desde allí, con la misión de salir a su encuentro y batirlo en nuestra dirección. La avanzadilla partió acompañada del cazador local, que portaba el 30,06 que habíamos recogido en Maganja. El resto bordearíamos un poco mas el lago, para ser recogidos en un lugar mas accesible para la gran canoa.

Retomando nuestra marcha, media hora después ya estábamos en el punto de recogida. El lago tenía en aquel lugar una anchura aproximada de unos 5 kilómetros.

Mientras esperábamos fuimos observando como un grupo de canoas se dirigía en dirección a una pequeña arboleda, situada en el centro de la zona anegada. Esperamos pero… nada, nadie venia a recogernos, allí solo existía unas piraguas pequeñas que después de dos intentos me demostró que solo podía servir para perder mi arma y darme un mal baño.

Al borde del agua fue pasando el tiempo, observando como nuestra avanzadilla iba perdiéndose en la lejanía. Unos minutos después escuchamos el primer tiro y vimos, como una masa gris pasaba perpendicularmente de una floresta a otra, perdiéndola nuevamente de vista. Mas tarde, se escucho el segundo disparo, el elefante regreso sobre sus pasos, un poco sesgado, acortando la distancia que nos separaba, aunque todavía a más de 2 kilómetros. Hubo un tercer tiro, solo que este busco su cuerpo y vimos claramente como le tambaleaba y le hacia caer.

Paco y yo veíamos la escena con gran impotencia, comentando, que si no lo lograban matar, la situación se agravaría.

Ante la falta de piragua y con los nervios a flor de piel, le dije a Paco que me siguiera, mi intención era, después de consultar al pescador que nos acompañaba, si no cubría, el acercarnos atravesando a pie parte del lago.

Recorreríamos doscientos metros en no menos de media hora y ya con el agua por el pecho, tiré la toalla ante la insistencia justificada de mi amigo, el elefante avanzaba más rápido que nosotros y no podríamos cortarle por el agua. Propuso bordear por la orilla y teniendo en cuenta la dirección que llevaba el animal, esperarlo a la salida del pantano, ya cerca de nuestro coche. Mandé a Julio en una piragua con la orden expresa de ojearlo en nuestra dirección y emprendimos una marcha desenfrenada por la orilla, ya que el tiempo jugaba en contra nuestra.

Nos quedaba media hora de luz, la ruta se nos hacia larga y aun veíamos el animal lejos, sonó el ultimo disparo y observando al paquidermo, no se inmutó, continuaba con su andar cansino con el agua por su tripa, perseguido de lejos por media docena de canoas.

La intensidad del lance, no nos dejaba disfrutar del magnifico atardecer con el sol rayando la línea del horizonte y miles de pequeñas refracciones brillando en el agua, al fondo, siluetas de hombres con pértiga y en el centro la sombra… nuestro protagonista.

Mientras caminaba me sentía enfado y frustrado, al no haber podido aproximarnos por el agua, por el tiempo que habíamos perdido esperando la piragua y por no habernos posicionado antes, en la ruta de salida del elefante.

Se hacia de noche y nuestra marcha se aceleraba aun mas, ya casi llegando al coche fue cuando escuchamos unos gritos de personas que corrían persiguiéndonos, “¡el animal esta saliendo por detrás, corran!”, “Indicarnos” respondimos, saliendo a la carrera detrás de ellos. A unos trescientos metros y en una espesura se frenaron, señalándonos con el dedo. No veíamos nada. Uno de ellos volvió a indicar, nervioso, diciendo: “Ahí, ahí esta”, seguíamos igual. A nuestra izquierda había un claro y a el nos dirigimos, intentamos ver, “Nada”. Intentamos escuchar, “Nada”. Al hacer un barrido visual divisamos a nuestra izquierda una silueta, apuntamos, “era imposible, mieeerda”, la visibilidad casi nula y el comentario, a tiempo, de mi amigo Paco me hizo dar por terminada la jornada de caza de aquel día.

Aprieto los dientes al recordar aquel momento, mis ojos mirando el suelo, completamente abatido y pensando: “POR QUÉ POCO SE NOS HABÍA ESCAPADO” y recuerdo también mi sentimiento de impotencia POR LA CERTEZA DEL CALVARIO QUE LE QUEDABA PASAR, ESA NOCHE, A LA GENTE DEL LUGAR”.

MIERDA… ¡HABIÉNDOLO TENIDO TAN CERCA!

A nuestro regreso al Hotel de Maganja da Costa, nuestro amigo Roberto fue bombardeado con múltiples llamadas ansías de información, a todas la misma respuesta, o mejor dicho excusa: “Habíamos estado intentando ponerlo en fuga”, pero no convencieron a nadie y mucho menos al Gobernador, que tuvo la gentileza de llamar personalmente y que después de escuchar a nuestro amigo, como Jefe de la Brigada, pidió explícitamente “para evitar males mayores, que lo matáramos”. Paco y yo lo teníamos claro “Quien a TROMPA mata a hierro muere”, ¿cómo explicarlo?, el animal que pierde el miedo al hombre, es tremendamente peligroso y hay que abatirlo.

Mientras cenábamos, nuestro plato típico y repetitivo “gallina con patatas fritas”, salió entre otros, un tema que nos llamaba la atención, ¿Seria la misma elefanta que dejamos viva hacia unos días?. Como puntos a tener en cuenta estaban: El lugar se encontraba a escasos 40 kilómetros de aquí; estos animales son capaces de andar mas de 30 kilómetros por día; si fuera ella, explicaría sus ataque; y para la población estaba claro, era la misma. Yo seguí defendiendo mi postura en contra, en primer lugar, cuando tuvo oportunidad de atacar, eligió la opción de huir; en segundo lugar, el animal me pareció joven en comparación a la hembra adulta de Bajone, ahora bien… no podía asegurarlo, mis ojos me podía haber engañado.

A mí esto realmente no me preocupaba, pero SÍ lo qué estaría haciendo el animal esa noche.

No tuve tiempo de darle muchas vueltas al asunto. Al entrar en mi habitación, la tensión vivida me pasó factura y el sueño me prendió rápidamente.

Al día siguiente fue mi despertador el que me volvió a la realidad. A las cinco y media me levanté con ganas de seguir durmiendo, pero un buen desayuno y el frescor de la mañana me despejaron.

Una hora después nos encontrábamos de nuevo sobre el terreno, donde nos dieron la mala noticia “EL ELEFANTE HABÍA VUELTO A MATAR”. En su deambular pasó cerca de una casa, donde, en el camino de acceso, se encontró con un matrimonio de ancianos. Golpeo a los dos, siendo la mujer la que llevo la peor parte, el hombre, que iba detrás, resulto malherido con varias costillas partidas y hematomas. Nos contaron que fue una locura el poder trasladar al herido al hospital, sus amigos y una bicicleta fueron su ambulancia.

Roberto me obligó a pasar un mal rato, hacerle una foto al cadáver. No era lejos y un pequeño camino nos llevó hasta su puerta, la casa era como todas las de la zona, hecha de abobe y con su techo de paja. Las plañideras lloraban marcando el ritual de la ceremonia mortuoria. Con nuestra llegada se hizo un silencio incómodo, Roberto habló con la familia y me dejaron entrar en la casa. En un camastro vi un pequeño cuerpo que yacía inerte, tapado con una tela, un hombre de unos cuarenta años retiró el sudario, para facilitarme el poder hacer la foto de una mujer de pelo blanco con la cara desfigurada. Sin más, salí, con una sensación de sequedad en mi boca.

Creció mi rabia, no se si contra el animal o contra mí mismo.

Después de aquel trago, retomamos la búsqueda del paquidermo, su ruta iba camino de la playa y en nuestro coche empezamos a perseguirle, recogiendo información casa a casa, persona por persona, recorriendo así, más de 20 kilómetros, entre llanuras, que intercalaban plantaciones de cocoteros y zonas anegadas.

Varias veces localizamos las huellas atravesando la pista, el animal andaba mucho, iba desorientado buscando refugio, pensábamos. Cruzamos varias poblaciones donde nos fueron indicando a la hora que había pasado.

Llegando a la playa, unos vecinos del lugar nos aseguraron que el elefante estaba en una pequeña floresta que nacía al pie de sus casas. Enseguida organizamos una batida. Nosotros le esperaríamos al pie de la playa, al final del bosquecito y la población entraría por detrás, con cacerolas para hacer ruido y con la intención de sacarle en nuestra dirección.

El calor y 200 metros de marcha entre paja y un terreno lleno de grandes surcos agrícolas, me hizo ver el mal estado físico en el que me encontraba, estaba muy agotado por el esfuerzo del día anterior y para mas INRI los mosquitos no me daban tregua.

Esperaríamos mas de una hora hasta que los primeros lugareños empezaron a salir de la espesura, “Naaada, allí no estaba”.

Regresamos al vehiculo y decidimos almorzar para recuperar fuerzas. En ello estábamos cuando un campesino llego con buenas noticias, el animal se encontraba a unos cinco kilómetros de donde estábamos. Terminado nuestro almuerzo continuamos la persecución, fuimos pasando por diferentes palmerales, almacenes de cocos, hasta llegar a un lugar donde se acababa la pista, una pequeña plantación de mandioca. El lugar estaba desierto, posiblemente la población hubiera huido, el hombre que lo había visto nos adentro en el plato de gusto de Paco, un pantanal infecto y lleno de mosquitos.

Con el agua de nuevo hasta las rodillas, vuelta a la derecha, a la izquierda, por una floresta acuática llena de palmeras salvajes, donde sus pinchos herían nuestro cuerpo. Con paso lento y en columna, como vulgar gusano, seguíamos la huella, con el ruido de los latidos de nuestro corazón de fondo, esperando ver a la vuelta de cada rama la cara de nuestra presa.

Después de una hora deambulando por el lugar, nos dieron las 12 de la mañana. El sol abrasador caía a plomo, los mosquitos picaban sin parar atravesando la ropa y la difícil marcha por aquel lugar nos hacia odiar, si cabía, un poco mas al animal “será cabrón”, cinco minutos después estábamos cerca de el, escuchando sus movimientos entre la espesura, pero no veíamos nada. Intentamos por dos veces franquear la barrera de pinchos, siempre saliendo derrotados y doloridos, tuvimos que cambiar de estrategia. Mande subir a un árbol a varios de los campesinos que nos acompañaban, estos, en seguida, avistaron al animal, estaba a escasos 30 metros y con sus manos nos indicaban su dirección. Era una locura entrar ahí, no teníamos ninguna posibilidad de salir triunfantes del lance y sí muchas, de tener un grave accidente.

Me subí a un árbol donde ya estaba uno de nuestros acompañantes. No veía nada, pero pasados unos segundos el elefante apareció en mi campo de visión, “¡Paco sube!, le estoy viendo”, “no me apetece” respondió, insistí “¡sube! que desde aquí le puedes disparar”, volvió a negarse y me dijo “tírale tu, yo ya he cazado uno”.

Dudé uno instantes mientras analizaba la situación, el lugar era inaccesible para entrar a pie, mis fuerzas no estaban sobradas para esperar un lance mas favorable y si se nos escapaba, podía matar mas personas. Le pedí a Julio el 375. Era una hembra joven de no más de 15 años, estaba con la cabeza mirando a mi izquierda, un poco sesgada dejando más cerca su culo. Yo estaba sentado en una postura cómoda, apoyado sobre mi pierna izquierda, que pisaba una buena rama. Mi arma tiraba un poco desviada a la izquierda, apunte a la parte superior del agujero de su oreja, corregí la desviación y dispare. En seguida me desbordo la alegría, el animal se había desplomado, a su vez toda la tensión del momento cedió y mi cuerpo tuvo conciencia del cansancio acumulado, casi caigo de árbol. Sujetándome fuertemente, mire a Paco y a Julio y les dije “intentar encontrar un camino para rematarlo, yo me quedo aquí por si hace amago de levantarse”. La cara de Paco era entre frustración y alegría, pero como me comentó más tarde, el cansancio, la posibilidad de llevarse aun más arañazos y la falta de confianza en poder encontrar una postura fácil para dar un tiro certero, fue lo que reafirmo su postura.

Los dos intentaron el acercamiento por mi izquierda, existía una zona cenagosa libre de pinchos… en principio, mientras yo les iba gritando de tanto en tanto “Sigue tumbado”. Pasarían más de 10 minutos hasta que consiguieron llegar cerca de la bestia, sonó un tiro, luego otro. La certeza de su muerte me dio fuerzas para descender del árbol. Tomando sus pasos y después de ser taladrado varias veces por los palmitos, llegue donde se encontraban. Aun nuestro enemigo respiraba con los estertores de la muerte, los tiros de remate eran de Julio, apunte a su cabeza en dirección al corazón y dispare.

Como he dicho en otras ocasiones, es caridad acortar el sufrimiento de nuestra presa, las balas son lo mas barato de un Safari y ya viví errores de otros profesionales, que por resaltar la buena puntería de sus clientes o intentando preservar la piel como trofeo, escatimaron las municiones, teniendo como resultado la agonía del animal o aun peor, estando herido, la huida y perdida de la presa. Hay que valorar que somos cazadores y no sádicos “Ante la muerte, los animales también lloran”.

Sentado encima de aquel “cazador cazado” una alegría compartida me desbordaba, con la sensación clara de haber sido juez y verdugo. No era nuestra amiga de Bajone.

Continuábamos los tres solos, nadie se atrevía a venir, a pesar de que varias personas nos observaban desde los árboles, siempre lo mismo “la magia de los musungus (extranjero)”. Comenzamos a llamarles y en poco tiempo la población empezó a llegar, gritos, abrazos, apretones de manos, hasta patadas de algunos contra el animal, expresando su rabia. Llegó Roberto y comenzó a organizar a la gente para limpiar de espinos el circulo próximo al elefante, se hicieron las fotos pertinentes y tomamos camino de vuelta. Misión cumplida.

Nuestro regreso fue con un único trofeo, el rabo, que nos sirvió de estandarte y signo de victoria. Al paso por las poblaciones, su visión producía, estallidos de júbilo, gritos y sollozos, las personas se lanzaban al coche con ansia de tocarlo, de tocarnos, de dar saltos de alegría y de mirar al cielo en signo de agradecimiento. Así aldea tras aldea, siendo aquel rabo batuta de un gran concierto, cuya letra era “GRACIAS, MIL GRACIAS” y los instrumentos, bocas, manos y palos.

Nuestra entrada a la ciudad, no fue menos aparatosa, al principio parecía que allí no estaban al corriente del suceso y nos permitieron atravesar el mercado y hacer una entrada tranquila en el patio del hotel, no duro mucho, el tantan de brous (teléfono de selva) funciono rápidamente y mientras esperábamos la comida, la gente empezó a remolinarse a la entrada del recinto. Lugo poco a poco entro en el patio, mirándonos, señalándonos, rodeándonos, sin atreverse a hablar con nosotros, hasta que Julio se acercó y nos explicó lo que estaban pidiendo, “ver el rabo”, yo me reí, pero que le iba hacer, después de haberlo sufrirlo, tenían su el derecho de verlo. La salida del estandarte fue celebrada con movimiento de masas, con gritos de asombro, con apretujones por verlo y tocarlo. En las cuatro horas que tardo en hacerse nuestra comida, fue repitiéndose la escena barias veces y una de ellas el rabo, Paco y Yo, fuimos expuestos, durante un rato, como atracción de masa o bichos raros o como novedad en un mundo tranquilo y monótono, donde la televisión, todavía escasea. Julio, con sus relatos, grupo tras grupo, fue el trovador del lugar, que con su lira, el Rabo, amenizo las vidas de todos los habitantes de Maganja.

De Todo este circo, hubo una escena que impacto a mi amigo Paco, fue la llegada de una persona que dirigiéndose directamente a el, le pidió ver el rabo del elefante que había matado a su hijo. Paco le acompaño hasta el corredor de las habitaciones y se lo mostró. Aquel hombre cogió el resto de su enemigo, sin mostrar ningún cambio en su rostro. Durante unos segundos lo miro sin decir nada. Lugo, en una lengua local, dijo unas palabras, parecían una oración, o quizás, una maldición contra el espíritu de aquel animal. Sin mas, se lo devolvió a mi amigo y mirándole le dijo, “Gracias, mi hijo ya puede descansar en paz”. Mas tarde nos contó el dueño del Hotel, que esa persona era el padre y suegro de las dos primeras victimas aplastadas por el elefante, estaban dentro de su casa y la caída del muro los mató.

Como última ceremonia tuvimos que acercarnos al edificio de Gobierno de Maganja da Costa, donde recibimos el agradecimiento del Administrador, máxima autoridad de la zona, ultimo acto, que con sabor agridulce, puso punto y final a nuestros momentos de exaltación y gloria.

No será fácil olvidar estos días vividos en la grata compañía de mi amigo Paco, de mi gente y de esas personas sin nombre, que nos hicieron copartícipes de sus problemas y que aun, rayando la miseria, nos ofrecieron todo y nos trasmitieron su alegría.

Y para que no quede solo en nuestro recuerdo, vengan estas letras para compartir nuestra vivencia…

Saludos a todos los afortunados que siguen soñando… viviendo… y contando sus cacerías.

De Agustín García Martínez

quinta-feira, maio 08, 2008

ARCENIO - cantor moçambicano

Arcenio de Almeida é natural da Zambézia e o seu percurso artístico ultrapassou há muito as fronteiras do seu país.

Autor, compositor e intérprete, privilegia o canto em chuabo e tem permanecido fiel às músicas tradicionais de Moçambique.

Casado com uma francesa, em Março de 2004 chegou a França preparando então seu primeiro trabalho individual, culminado no lançamento do álbum Djay, em Junho de 2005.

No início de 2006 o cantor reúne vários músicos e um coro com 4 vozes femininas, iniciativa determinante para a constituição da sua banda musical.
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domingo, abril 27, 2008

BAPTISMO EM MOÇAMBIQUE - uma nota a rufar

Baptismo em Moçambique pormenoriza a aventura cinegética protagonizada por um grupo de espanhóis. De contornos semelhantes a tantas outras ocorridas em África, mesmo assim despertou particular atenção e inevitável relevância pela simples coincidência de o teatro dos acontecimentos descritos se situar na zona de Micaúne, um dos postos administrativos que integram a divisão territorial do distrito do Chinde e aonde, já em meados da década de 50 do último passado século, vivi os primeiros anos de infância.

Apesar da relativa proximidade a Quelimane, capital da Zambézia, recordo que as acessibilidades, assentes numa rede viária rudimentar e sujeita a forte instabilidade durante a época das chuvas, sempre constituíram um factor de constrangimento a potenciar o isolamento daquela região.
Todavia, nem por isso Micaúne deixou de conquistar, na época, uma posição destacada no sector primário, detendo mesmo uma actividade pecuária extensiva geradora de significativo contributo económico e, fundamentalmente, uma invejável e florescente exploração do palmar liderada pela Madal, uma das companhias majestáticas implantadas na Zambézia.

Arrendatária, entre outros, do antigo Prazo Maindo e consolidando a posse de inúmeras áreas envolventes ao mesmo, a Madal dispunha então da maior mancha de palmar ordenado na zona, estruturalmente designada por 3ª secção, com sede em Micaúne.

O modelo de gestão adoptado promoveu a orientação e o controlo das plantações a partir de diversas unidades de produção, estrategicamente construídas ao longo da área ocupada pelo palmar e designadas por estações, sendo todo o coco canalizado para aquelas e aí sujeito às operações de elaboração da copra.
Saindo de Micaúne, em direcção a Mitange e à orla marítima, pontificavam as estações de Muio e da Barra, precisamente as que foram alvo da minha permanência.
Rumo ao Chinde, já no sentido sul e próximo do mais importante aglomerado comercial de Micaúne, situava-se Magodo como última estação, aí tendo residido a família Fonseca e um dos primeiros amigos de infância – Luís Fonseca.


Meio século decorrido, Baptismo em Moçambique estimulou o retorno a memórias longínquas e já adormecidas e, por um momento, a nostalgia deambulou pela praia da meninice, Barra de seu nome, majestosa na brancura de fina areia e eterna princesa de fascinante horizonte azul onde o insinuante Índico jamais deixou de reinar.
Mas a narrativa também resultou chocante por deixar transparecer uma realidade incontornável: - pese o isolamento, a região da minha infância ainda não conseguiu alicerçar um nível de sustentabilidade seguro e estimulante para projectar um futuro melhor para as suas gentes.

Entretanto, enquanto na savana se resguarda e aprimora um reino selvagem que prossegue em hercúlea sobrevivência, faz já tempo que no palmar tombaram as cercas de “macubar”, retiro nocturno das bestas que mugiam.
Erectos espiques vão definhando, frágeis à moléstia que persiste, implacável a dizimar inconfundíveis copas.
E os caminhantes vagueiam por picadas poeirentas, já vazias de “cafurro” que o tempo consumiu. Confidenciam em “maindo” mas é o cúmplice eco do batuque que lhes exulta o espírito.
Afinal… a vida continua!

César Brandão - 27.4.2008
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Macubar - extenso e duro pedúnculo que sustenta a fronde do coqueiro, aproveitado para vários fins, nomeadamente na delimitação de recintos onde o gado ficava confinado para pernoitar no seio do palmar
Cafurro - designação dada ao tegumento, invólucro rígido do coco que reveste a amêndoa, componente branca que extraída e sujeita a secagem origina a copra
Maindo - dialecto local, preponderante entre as formas de expressão vigentes

sexta-feira, março 28, 2008

BAPTISMO EM MOÇAMBIQUE - (Parte IV)

POVOAÇÕES AUTÓCTONES

Quase cumpridos os objectivos cinegéticos, decidimos fazer uma pausa e visitámos uma praia no oceano Índico. Foram quatro horas de ida e outras tantas de volta. Vimos vários povoados míseros. Cabanas realizadas com folhas de palmeira ou com ladrilhos de adobe, circulares ou rectangulares, de uns 10 metros quadrados, com um pequeno pátio rondando os 6 metros quadrados. Não há água corrente, nem electricidade, nem saneamentos, nem latrinas. Nada de nada. Mulheres jovens com olhar triste, serenas e resignadas com várias crianças à sua volta, que saudavam sorridentes à nossa passagem. E sempre com alguma às costas, à maneira de mochila.
Passámos por uma plantação de coqueiros sob orientação de um português que, junto à sua mulher, nos convidou a tomar café. Contaram-nos que ali aguentaram toda a revolução e pensavam ficar para sempre. Os coqueiros dão até 12 colheitas por ano. Os naturais vivem disso, para além da mandioca e das batatas. Todos têm a malária.
No trajecto não nos cruzámos com qualquer veículo a motor. Só pessoas andando, uma ou outra bicicleta e um par de carros de bois. Vimos vários estudantes com uniforme que iam andando para a escola e mulheres com volumes à cabeça. Ao passar algumas ofereceram-nos pescado recém-capturado.

Na praia descascaram dois cocos tenros e bebemos a sua água. Estavam um pouco quentes, o que foi uma pena porque o sabor era uma delícia, muito diferente do que conhecemos aqui. Tomámos banho numa imensa praia, com areia branca e finíssima e água cristalina e quente.


FACOCERO

No dia seguinte, terça-feira, 13 de Setembro, saí com Ángel, na companhia de Walter, como caçador profissional, que não tinha nada que ver com Alain: - sério, alto e atlético, de uns 55 anos, cabelo curto com aspecto de operacional e grande conhecedor da sua profissão.
Ángel levava a sua Ruger 416 Rygby e com ela disparou e cobrou um magnífico cabrito do mato para a seguir, numa espécie de perseguição a grande velocidade pelo campo com vegetação muito alta, e após uma travagem, disparar sobre um Bush-pig, cobrando-o à segunda tentativa. Posteriormente caiu um bom facocero.
Almoçámos no acampamento e a tarde foi dedicada a recuperar o búfalo que Ángel tinha ferido no dia anterior. Fomos em coluna, Walter, Ángel, a mulher do profissional, dois batedores, um carregador e eu com a 375 H&H. Penetrámos numa zona de bosque, o mais silenciosamente possível, com uma imensa sensação de perigo já que o búfalo ferido podia estar a vigiar-nos.
Após várias horas abandonámos a busca, considerando-o por perdido. Dias depois, localizado pelos abutres, foi encontrado morto. Um bom troféu que Ángel acrescentará aos que já tem no seu pavilhão.

Regressámos à viatura e por volta das 17,30 horas, quando o sol se punha, na mata brava alta e a uns 100 metros, vimos um bom facocero. Só se via praticamente os seus grandes colmilhos. Encarei-o, dirigi a cruz para onde deveria estar o codilho e disparei, ali ficando sem necessidade de remate.
O facocero ou javali africano – warthog, está muito espalhado por toda a África sub-sariana. Encontram-se em grupos familiares de macho, fêmea e várias ninhadas, ainda que muitos dos velhos sejam solitários. Repousam durante as horas de calor, alimentando-se ao anoitecer. Dormem em esconderijos nos quais entram recuando para conseguirem defender-se. Habitualmente silenciosos, têm um ouvido e um olfacto muito apurados. É um troféu mais apreciado pelo caçador espanhol que pelo americano.
Nessa noite, depois do jantar, reunimos todo o pessoal do acampamento para lhes dar a regulamentar gratificação.

Pela tarde chegou a Barón, com um grupo de sul-africanos que iam caçar búfalos com arco. Às sete horas da manhã do dia seguinte iniciámos o regresso. Sobre a cabeça, os carregadores levaram o nosso equipamento até à avioneta. O terreno estava enlameado, mas descolámos sem problemas rumo à Beira. É uma cidade maior e com melhor aeroporto, ainda que com escasso tráfego.
Reiniciámos o voo até Polokwane para ajustar contas, e dali para Joanesburgo aonde partimos no Airbus 340, da Ibéria, chegando a Madrid às 6,50 horas.

Esta foi a história de um outonal baptismo em que actuaram, como padrinho o meu amigo Sr. Caçador de León, e como testemunhas os Srs. Catalán Doshijos e Román La Seca.
E assim acabou a minha primeira e emocionante experiência cinegética, da qual guardo uma recordação indelével.

Era sábado, 17 de Setembro.

segunda-feira, fevereiro 11, 2008

BAPTISMO EM MOÇAMBIQUE - (Parte III)

WATERBUCK - Kobus ellipsiprymnus

Na manhã de 11 de Setembro levantámo-nos às 4,30 horas e, após o pequeno-almoço, encetámos a marcha. Como sempre, Juan e eu íamos no assento corrido, retesados de frio, com os ombros encolhidos e os braços cruzados para proteger as mãos. À semelhança dos dias anteriores, rodeados de papiros, atravessámos o leito de um riacho com pouca água e muita lama, que se vencia com dificuldade por sobre uns troncos rudimentarmente cortados e que abanavam ao passar o Toyota.

Logo ao amanhecer, com intensa névoa, à direita e a uns 150 metros vimos um imponente waterbuck, localmente designado por inhacoso, piva ou namedouro. A sua silhueta, de frente mas desvendando um pouco o costado esquerdo, e a esplêndida cornamenta recortavam-se na bruma. Estava mirando com uma postura que parecia altivez, mas era pura curiosidade.
Era um macho solitário extraordinário. Juan emprestou-me a sua arma e não hesitei. Pus a cruz da mira telescópica sobre a omoplata esquerda e disparei. Caiu instantaneamente. O tiro foi muito bom e a intensa emoção sentida fez-me caçador. Um calafrio percorreu-me o espinhaço até deter-se na nuca. O coração palpitando, os membros trémulos e o formigueiro facial dominaram o meu corpo durante vários minutos. Depois uma intensa alegria que não me abandonou pelo dia inteiro.
Após as efusivas felicitações e os registos fotográficos correspondentes, passámos à realização das medições.

Os inhacosos são animais que vivem perto da água, refugiando-se nos canaviais. Têm uma pelagem grisalha, com os sobrolhos e os trajectos lacrimais brancos, exibindo ainda um invulgar círculo branco desenhado nos quartos traseiros, cuja perfeição faz lembrar um alvo de setas. Vivem em pequenos grupos de 5 a 20 cabeças, praticamente só constituídos por fêmeas e um macho. Os bons troféus são os machos velhos que, tal como este, são solitários. São perigosos quando se sentem atacados. Contaram-me casos em que reagiram ferozmente contra o caçador.

PALAPALA - Hippotragus niger

Para evitar que fosse visto pelos abutres e ser recolhido no regresso, cobrimos o animal com rama verde e prosseguimos em busca de uma boa palapala para Juan. Avistámo-las cerca das 2 horas da tarde. Eram seis com um bom macho. Estavam a uns 800 metros, em zona de escassa vegetação, mas sabiam ocultar-se. Saltámos do Toyota e começámos a aproximação. A 200 metros o vento colheu-nos, despertando a fuga. Juan atirou precipitadamente, errando. Retornámos ao todo o terreno para dar a volta e encontrar o vento de frente. Detectadas novamente, fomos diminuindo a distância até nos situarmos a uns 100 metros. Juan disparou cobrando um magnífico macho, que o deixou plenamente satisfeito. Impressionou-me a sua beleza e imponência, com uma pelagem negra brilhante, crina e longos e curvados cornos.
É um animal agressivo, que não hesita em atacar quando se sente ameaçado. Estes antílopes vivem em rebanhos dominados por um macho, mas geralmente quem lidera é a fêmea mais velha.

Como nos dias anteriores, comemos uma sanduíche, não sei com quê, e ingerimos uma coca-cola. Sem descansar, continuámos toda a tarde.
Ao anoitecer, depois de recolhermos o inhacoso, e ainda com os últimos raios de luz, encontrámos um bushbuck, na zona identificado por cabrito do mato. Juan atirou da viatura, cobrando a peça com um segundo disparo.

Ao deitar-me veio à mente a grande afeição do meu pai. Levava-nos pela herdade espreitando lebres, levantando perdizes e esperando coelhos, para além das anunciadas montarias. Imaginava-me o mais feliz do mundo por desfrutar de uma oportunidade como esta e a ele a dediquei.

O mais relevante no dia seguinte foi o aguaceiro que nos surpreendeu em pleno mato. Ainda bem que levava na mochila o impermeável, incluindo calças. Contudo, Juan ficou completamente encharcado. A agravar a situação também ocorreu um furo numa das rodas obrigando à sua mudança, para depois a viatura ficar atascada na lama. Foi necessário o esforço de todos para sair.
Quando chegámos ao acampamento as cabanas estavam cheias de goteiras, penetrando também o vento pelas folhas de palmeira. As janelas, no lugar dos vidros, estão providas de um mosquiteiro de plástico verde. Nessa noite saltaram, desde a água uma rã sobre mim, e para a cama uma enorme lagartixa. Apanhei um bom susto.
Capítulo singular era o das comidas. Ángel empenhava-se em comer as coisas mais raras dos animais caçados. Parecia um manjar esquisito a língua estufada de inhacoso, assim como o coração de palapala guisado ou o rabo de búfalo, pelo que a minha recusa era pretexto para gracejo. Se havia bons lombos, porquê comer vísceras ou miudezas?


domingo, fevereiro 03, 2008

BAPTISMO EM MOÇAMBIQUE - (Parte II)

BÚFALO - Syncerus caffer

A nossa primeira saída para a caça foi em busca do búfalo africano. Como “prisioneiros”, e sobre um assento corrido, ficámos instalados na parte posterior do Toyota, com uma estrutura de tubos para facilitar o disparo e garantir o equilíbrio. Um guia ou batedor, sobre o habitáculo, com uma cana comprida orientava o condutor quando o veículo se introduzia nas altas pastagens secas que, frequentemente, ultrapassavam os dois metros. À minha esquerda sentou-se Juan e atrás de nós colocaram-se dois naturais, o ajudante do guia e o carregador.

O primeiro contacto com a savana impressionou-me: - uma paisagem dominada pelo amarelo dos pastos secos, mesclada por zonas de erva recém-nascida, por algumas espécies arbóreas de folha caduca, predominando acácias com perigosos espinhos de vários centímetros e copas estendidas na horizontal, e por muitos arbustos semi-secos, alguns dos quais também com pontas agudas.
Está enraizada a prática de provocar o fogo para queimar a vegetação seca e, assim, facilitar a rebentação dos novos pastos no começo da estação das chuvas. Para o caçador não é mau porque nela se ocultam os búfalos e os felinos, mas a verdade é que desfigura a paisagem que se enche de fumo, cinza e cor negra, danificando também as calças e as botas. Frequentemente vêem-se troncos calcinados que, à distância, se confundem com animais. Surpreende que os que se mantêm em pé, como se tivessem criado resistência ao fogo, voltem a rebentar.
Os negros e brancos da zona encaram com naturalidade o fogo, que nunca lhes causa medo nem alarme. É como se formasse parte do ecossistema.
A fronteira entre a savana e o bosque (savana arbórea) não está bem definida. Sem se dar conta, entra-se em zonas arbóreas que dificultam a progressão em virtude da intensa vegetação existente. Nas imediações de charcos ou leitos de rios semi-secos vêem-se grandes árvores com lianas.

Acompanhou-nos Alain, como caçador profissional e condutor. No meu entendimento, pouco credível devido à minha inexperiência, era pouco hábil, para além de demasiado jovem (menos de 30 anos). Moreno de pele e pêlo, parecia um português do Algarve mas, perante a nossa pergunta, contestou que era sul-africano sem ascendência portuguesa.
Amanhecera já e a uns 500 metros, à esquerda, vimos uma manada de várias dezenas de búfalos que estavam tranquilamente pastando. Com os binóculos observámos que estavam quietos, mirando-nos fixamente, para volverem em seguida, iniciando um passo lesto e provocando tanta poeira que rapidamente ficaram ocultos.
Os búfalos suportam um enxame de pequenos pássaros que pousam tranquilamente no dorso e mesmo na cabeça. Alimentam-se dos insectos, carraças e pulgas, que os mortificam e, por isso, não são indesejáveis. Por outro lado, em inúmeras ocasiões actuam como sentinelas, iniciando o voo quando avistam perigo próximo.

Colocámo-nos em terra, com as armas, mochilas, água e binóculos. Os batedores iniciaram o trabalho, encontrando facilmente as pegadas. Seguimo-las durante horas o mais disfarçadamente possível.
A procura na savana é difícil por muitos motivos. Deve-se avançar em silêncio, mas também rapidamente para não perder o contacto. Os animais em manada movem-se procurando alimento e, como são vários, se não é um é outro que vislumbra o perigo.
Talvez a maior dificuldade esteja no vento quando muda constantemente, tanto de intensidade como de direcção, sem que alguém chegue a saber até onde se espalha o seu odor. Por vezes, após um cuidado infinito, aguentando até molestas formigas e arranhões provocados por espinhos, quando se consegue tê-los a tiro e se avalia o melhor troféu da manada, sem prévio aviso fogem todos os animais.
Noutras ocasiões são alertados e espantam-se devido à fuga de animais ocultos, como as impalas, os facoceros ou javalis africanos e outros.

Alain comentou que a manada estava nervosa e, com o intuito de acalmá-la, sentámo-nos durante umas duas horas. Ali encontrámos os restos de um búfalo, pasto dos leões ou, porventura, vítima de algum tiro menos eficaz, resultando assim em peça não cobrada.
Reiniciámos a procura dando uma volta para apanharmos o vento de frente. Após uma hora, de novo descobrimos os animais a uma distância de uns 300 metros.
Apenas se deixavam ver ocultos na intensa vegetação. Havia pelo menos um par de bons machos que pastavam tranquilamente. Ladeámos pela esquerda para encontrar o vento, adiantando-se Juan e Alain. Por momentos chegámos a rastejar, até aproximarmo-nos a uns 50 metros sem sermos farejados.
Juan, depois de ponderar longamente, com o apoio de um rudimentar tripé e recostado numa árvore, disparou a sua Máuser 375 H&H. O estampido até ao lado oposto donde nos quedávamos foi instantâneo, desencadeando uma nuvem de pó e um ruído impressionante.
Após as primeiras felicitações, aguardámos 15 minutos, iniciando a detecção de sangue que rapidamente encontrámos, ainda que escasso. Com muita emoção, seguimos a pista que desapareceu a uns 150 metros. Disse a Alain que provavelmente o animal se deteve atrás, escondido numa mancha de erva seca e alta, com cerca de 70 por 50 metros, que tínhamos deixado à esquerda.
Retrocedemos e, imprudentemente, ficámos demasiado próximos da zona, rodeando-a tanto quanto possível. Os batedores, sob a protecção de uma árvore em caso de necessidade, começaram a lançar pedras. Felizmente que o animal saiu em direcção diferente da nossa. Alain atirou demasiado alto, realizando um segundo disparo que roçou o dorso. Corremos atrás e Juan acertou-lhe na garupa. Contudo, o animal não se deteve e voltou a esconder-se na abundante vegetação, até que um quinto disparo lhe atingiu o codilho e foi definitivo. Soltou um mugido assustador e caiu. Necessitou de um sexto disparo ao pescoço.
Continuo sem entender porque Alain nos colocou junto ao pasto, sem capacidade de resposta se tivéssemos sido atacados. Um profissional deveria colocar-nos à distância suficiente para termos possibilidades em caso de investida.
É sabido que um búfalo ferido se torna perigosíssimo e que espera escondido, por instinto sabendo onde alguém vai a passar, acometendo brutalmente apesar de estar gravemente ferido. Por isso, a sua caça é deveras emocionante. Perante a astúcia, força bruta e bravura, há que opor perseverança, sangue frio e valor.
Após as habituais fotos, Alain foi com os auxiliares em busca do Toyota, deixando-nos ali sozinhos. Tardaram em regressar mais de três horas, alegando que se perderam e que lhes custou encontrar-nos. Sentia-me nervoso, entardecia, não sabíamos aonde estávamos e nos faltava o sentido de orientação. Durante a espera apareceu um facocero que apanhou um susto maior que o nosso.

Era um bom búfalo mas não um grande troféu. Juan ficou contrariado por ter cedido à insistência de Alain.
Após carregar o búfalo esquartejado, partimos para o acampamento. Chegámos tarde e cansados. Esperava-nos um reconfortante duche.
Contudo, a água, para além de escassa, tinha uma cor entre cerveja e vinho rosado e um desagradável odor a lodo. A roupa ficou tão suja pelas cinzas que, mesmo depois de lavada, continuou tisnada.
Acercámo-nos então da fogueira, com Ángel e JR. Entre a agradável tertúlia, bem acomodados em cadeirões de madeira e ráfia, comentando as peripécias do dia, demos conta das nossas provisões ibéricas e do bom vinho. É um prazer inigualável, mais ainda quando vemos o pôr do Sol.

Passei a noite inquieto, pensando nas incidências do dia, ouvindo o mugido/estertor do búfalo. Vinham-me à mente os escrúpulos por matar um animal. Em contrapartida, pensava que o ecossistema, pela mão dos depredadores, fogo, secas, cruelmente elimina os mais velhos ou débeis – crias e enfermos, que também são abandonados pelas suas próprias manadas. O caçador só dispara contra os velhos machos, respeitando os jovens, as fêmeas, bem como as crias. Pesadas multas e a retirada da licença recaem sobre os que infringem esta norma. Julgo também que quando se abate um macho dominante o mais forte, de entre os jovens, ocupa o seu privilegiado lugar.
Muitos dos que falam da crueldade da caça estão a favor da eutanásia e do aborto. Todos ou quase todos comem carne e pescado. Não importa se outros matam para eles. Olhos que não vêem… Tão pouco têm em conta a vida miserável dos animais estabulados em granjas.
O animal de caça está resguardado no seu habitat, cuida da sua alimentação e água, quanto possível protege-se de epidemias e realiza a selecção dos melhores elementos. Muito do dinheiro arrecadado com a exploração da caça é canalizado para a conservação das áreas cinegéticas. Em Espanha há milhares de coutos destinados à caça, que cobrem uma área significativa do território, com quase milhão e meio de licenças, sendo a principal fonte de receitas para milhares de habitantes do meio rural.
Nos países de África, aonde se decretou a proibição, a caça desapareceu completamente em poucos anos. Foi necessário proceder ao repovoamento e garantir a vigilância, acções só possíveis com a exploração de coutadas, tanto privadas como do estado. Actualmente é uma actividade económica que proporciona importantes receitas, constituindo uma boa forma de vida para milhares de pessoas sem nenhuma outra possibilidade.
E acabei por adormecer.


sábado, janeiro 26, 2008

BAPTISMO EM MOÇAMBIQUE - (Parte I)

Autor: “O Afilhado”


Nas frequentes reuniões de amigos sempre tive oportunidade de estar próximo de Ángel e questioná-lo sobre as suas experiências cinegéticas na África sub-equatorial. Adorava ouvi-lo contar as aventuras nas selvas, entre outras, da Tanzânia, da África do Sul, ou mesmo do Botswana. Assim cresceu o meu interesse para visitar África e conhecer a vida da savana.
Ángel Caçador de León, assim se chama o meu amigo, empenhado na organização de um safari em Moçambique, ofereceu-me a oportunidade de participar. Já com mais tempo livre, não pensei duas vezes.
Nos meses prévios li com redobrado interesse os livros que me emprestou: “Safaris Africanos” do comandante Andy Anderson e “Homem da Selva” do lorde Philip Pretorius, que relatam aventuras colectivas e caçadas individuais em finais do século dezanove e princípios do vinte.
Conheci José Román La Seca, JR para todos, durante os preparativos da viagem. Os bilhetes de avião, o visto nos passaportes, a contratação com a McDonald, proprietária da concessão de caça, as reuniões com José na Safari Headlands, foram alimentando a minha ilusão.
E, por fim, chegou o dia 6 de Setembro, data da partida.

Nessa manhã conheci Juan Catalán Doshijos. Fomos buscá-lo ao aeroporto. Vinha de Ibiza e a espingarda fora extraviada. Por fim, foi recuperada na intervenção de armas de Barajas.
Fizemos o voo num Airbus 340, da Iberia. Partimos às 00,30 horas, chegando a Joanesburgo por volta das 11. Dormimos durante grande parte do trajecto.
Na chegada, ninguém da McDonald se encontrava à nossa espera. Após o controlo nos serviços de emigração e de intervenção de armas, apresentámos as passagens e entrámos num pequeno avião bimotor de hélice, de 20 lugares, que em 40 minutos nos deixou na actual urbe de Polokwane, antigamente designada por Pietersburg. O previsto tinha sido concretizar este itinerário por estrada. Novamente realizámos todas as formalidades respeitantes às armas na intervenção da polícia, que nos pediu uma gorjeta para café.
Ali recolheu-nos, segundo creio, a esposa do proprietário da McDonald. Numa pequena furgoneta, levou-nos até ao acampamento, aonde dormimos nessa noite.
Ficámos hospedados numa cabana muito moderna e bem construída. Jantámos uma má lagosta no melhor restaurante da localidade. Antes acompanharam-nos a um bazar bem sortido de recordações africanas, aonde comprámos várias coisas para a família.
Quando nos metemos na cama, José enviou-me uma mensagem com a má notícia do empate a um com a Sérvia no Calderón, com golo de Kezman nos últimos minutos.
Às cinco horas da manhã soou o despertador e, após um café, iniciámos o trajecto em direcção ao aeroporto, aonde uma avioneta Barón 58, bimotor de 5 lugares, nos aguardava.
O aeroporto era um conjunto de três ou quatro edifícios pequenos, de um só piso, com as paredes pintadas de branco e as janelas e os telhados de azul. O edifício principal não teria mais de 150 m2, sendo praticamente só ocupado pelo pessoal de serviço. Na frontaria destacava-se a manga de vento que o identificava como aeroporto. A única aeronave presente era a nossa.
O piloto e Juan instalaram-se à frente, Ángel e JR na 2ª fila e eu fiquei no assento da cauda. À minha esquerda, e na traseira, levávamos os alimentos perecíveis (verduras, frutas, ovos, etc.) para o acampamento, acondicionados em bolsas de supermercado, para além das armas e das caixas de munições. No espaço saliente e disponível, em frente do piloto, acomodaram-se as bolsas de viagem.

Iniciámos então a viagem até Quelimane. Tivemos para mais de 3 horas e 20 minutos de voo, suportando um ruído que praticamente nos impediu de qualquer conversação.
O aeroporto de Quelimane era semelhante ao de Polokwane, embora com os avisos em português. Fizemos a apresentação dos passaportes e a comprovação das armas e, de seguida, regressámos à avioneta.
Através da janela observei entusiasmado o delta do Zambeze que, com seus 2700 km, é um dos maiores rios de África, logo atrás do Nilo. Vi-o majestoso, serpenteando até à sua desembocadura no Índico.


O último dos quatro voos não durou mais de 30 minutos, mas começaram umas desagradáveis turbulências e uma indisposição no início da boca do estômago foi evoluindo para uma estranha sensação de náusea. A pista de aterragem situava-se numa zona de savana com muita vegetação. Uma faixa de 20 metros de largura por não mais de 200 de comprimento tinha sido capinada.
A pronunciada inclinação da avioneta, em passagem obrigatória para afugentar os animais e assim evitar um acidente, agravou o meu estado de enjoo. A aterragem foi uma bênção.
Logo que em terra, vindo do acampamento, situado a uns 300 metros, chegou um Toyota, com três americanos, dois homens e uma mulher, que terminavam a sua aventura e regressavam na nossa avioneta. Vinham contentes e logo descolaram rumo a Quelimane e Polokwane para chegarem com luz.
O acampamento de Mahimba está a dois dias de caminho da cidade de Quelimane já que não existem pontes sobre importantes estuários do delta do Zambeze, sendo então necessário realizar um grande desvio. Perante qualquer urgência, estávamos assim isolados.



O complexo desenvolve-se em torno do refeitório/espaço de convívio, construído com o tecto arqueado de forma cónica tradicional africana, a partir de vigas de troncos de árvores e de folhas de palmeira. Lá estava a velha geleira que funcionava umas horas quando estava ligado o gerador eléctrico. Três cabanas, com um pequeno serviço, serviram de dormitório: uma ocupada pelo caçador profissional principal, com sua mulher, a segunda por mim e Juan e a terceira, mais próxima do refeitório, por Ángel e JR.
Por detrás situavam-se as outras dependências: cozinha, lavadouro, esfoladouro, assim como os alojamentos dos 16 naturais que lá trabalhavam.
Altas e velhas palmeiras rodeavam todo o acampamento.


No espaço exterior, frontal ao refeitório, acendia-se a fogueira e divisava-se uma esplêndida e extensa paisagem. Em frente havia uma depressão com cerca de 300 metros de extensão, semelhante à de um curso de rio seco. À direita lançavam os desperdícios intestinais dos animais caçados, de forma que era frequente ver bandos de abutres esperando pelo manjar.